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El big data en los tiempos del coronavirus

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Daniel Aromí* y Julián Cristia**
¿Cuándo y dónde aumentarán las tasas de contagio del coronavirus? ¿Cómo está respondiendo la población a las medidas de cuarentena? ¿Y cómo está afectando la pandemia la actividad económica y social de las personas? Las respuestas a estas preguntas y las medidas de políticas adoptadas en respuesta a ellas son fundamentales para mejorar el bienestar y salvar vidas. El problema es que en medio de una pandemia tan compleja y que cambia tan rápidamente a menudo los gobiernos no cuentan con la información necesaria para tomar buenas decisiones.

Pero eso puede cambiar. Tradicionalmente, los gobiernos han utilizado encuestas y registros administrativos para reunir grandes cantidades de información sobre sus ciudadanos. Estas fuentes, aunque útiles, tienen algunas deficiencias: solo están disponibles con un retraso considerable, carecen de la granularidad necesaria y solo proporcionan mediciones ruidosas de ciertas variables clave.

El lado positivo de la llegada de la pandemia en la segunda década del siglo XXI es que ahora contamos con una amplia gama de nuevas herramientas. Estos instrumentos que abarcan los teléfonos celulares, las redes sociales y las búsquedas en Google, pueden revelar información crítica y detallada en tiempo real sobre lo que está sucediendo con la salud de las personas y cómo estas se están comportando.

Gran parte de este big data es producido por empresas privadas y tiene un enorme valor comercial. Así que la clave para los gobiernos es encontrar una forma de aprovechar esta información a la vez que se protegen los intereses comerciales de las empresas y, especialmente, la privacidad de los ciudadanos. Estos desafíos pueden ser abordados de manera eficaz, y existen muchos ejemplos de colaboraciones entre empresas privadas, investigadores y gobiernos que muestran el camino a seguir.

El big data y los beneficios de la transmisión de información casi en tiempo real
Un ejemplo de esta nueva tendencia es una plataforma gratuita en Estados Unidos llamada Opportunity Insights Economic Tracker, la cual proporciona datos actualizados de empresas y organizaciones privadas sobre el gasto de los consumidores, la actividad de las pequeñas empresas y las ofertas de empleo. Un proyecto coordinado por Alberto Cavallo y Roberto Rigobón de la Universidad de Harvard y el Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT), hace un seguimiento de la inflación recogiendo datos de vendedores por internet. Y una iniciativa de MIT y de la empresa de análisis predictivo Endor utiliza los datos de localización de los teléfonos móviles para rastrear el número de visitantes de distintos vecindarios a los hospitales. Esto, a su vez, permite predecir qué vecindarios es probable que tengan un aumento en el número de hospitalizaciones por COVID-19 durante las dos semanas siguientes – información clave para la buena asignación de recursos de salud.

Los datos georreferenciados de los teléfonos celulares también pueden revelar cómo están respondiendo los ciudadanos a las comunicaciones y políticas gubernamentales. Un portal interactivo creado en parte gracias a nuestros esfuerzos utiliza datos de teléfonos celulares para revelar la movilidad en 22 países de América Latina y el Caribe, arrojando así luz sobre la eficacia de las medidas de confinamiento establecidas por los gobiernos.

Asimismo, se han utilizado datos de los teléfonos celulares para mostrar de qué manera las declaraciones públicas de los líderes políticos influyen en la movilidad de las poblaciones. Y un análisis del lenguaje en Twitter, realizado por diferentes equipos de investigación de todo el mundo, ha arrojado luces sobre el conocimiento del público acerca de la enfermedad y sobre las actitudes prevalentes con respecto a las políticas públicas para combatirla.

Las limitaciones del big data
Más allá de estas potencialidades es necesario hacer algunos ajustes a la información recolectada. Por ejemplo, los usuarios activos de los teléfonos celulares no son representativos de toda la población, y las transacciones recogidas por el sistema bancario o los vendedores por internet no son representativas de toda la economía. Así que hay que hacer modificaciones metodológicas para asegurar la representatividad de la información.

También se requiere usar algoritmos ajustados y especializados para interpretar los datos de texto de las redes sociales como Twitter, donde el lenguaje es muy diferente al utilizado en la escritura formal y académica.

Una de las mayores preocupaciones de esta nueva tendencia tiene que ver con la protección de la privacidad. Los datos de los teléfonos celulares y de las cuentas de redes sociales pueden revelar información personal sobre muchos aspectos de la vida privada y profesional de las personas, incluyendo dónde trabajan y dónde viven, con quiénes se relacionan y sus posturas sobre temas delicados.

Varios países de América Latina han emprendido reformas que establecen regulaciones generales sobre la protección de datos alineadas con las de la Unión Europea. Pero investigadores y gobiernos necesitarán realizar esfuerzos complementarios. Deben asegurar en todo momento que los datos se entreguen y se mantengan de forma anónima y de que se tomen todas las medidas necesarias para salvaguardarlos.

La protección de los datos es fundamental, no solo para garantizar la privacidad sino también para proteger los intereses comerciales de las empresas que recogen datos de teléfonos celulares, compras por internet y cuentas de redes sociales para orientar con mayor precisión sus esfuerzos de comercialización.

Aceleración del cambio en medio del coronavirus
Dejando de lado estas limitaciones, la era del big data promete grandes mejoras que complementarán a los métodos tradicionales de recolección de información, que podían ser lentos, costosos y complejos.

Esos progresos se han acelerado en los tiempos de la COVID-19 a medida que los investigadores, las empresas y, cada vez más, los gobiernos colaboran para recopilar datos de rápida evolución sobre todos los aspectos de la pandemia. Siempre y cuando se promuevan colaboraciones efectivas y los hacedores de políticas públicas identifiquen de qué forma darle buen uso a esta nueva información, los beneficios de avanzar con estas iniciativas se harán evidentes.

* Daniel Aromí es investigador en la Universidad de Buenos Aires y la Universidad Católica Argentina.

**Julian Cristia es Economista Líder del Departamento de Investigación del Banco Interamericano de Desarrollo.