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Cada zapatero a sus zapatos

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Recientemente un amigo de muy alta estima, profesional en Microbiología y Química Clínica, me comentaba con tristeza cómo su profesión se ve amenazada por decisiones que no son más que políticas y que, como tales, muchas veces con tal de favorecer a algunos perjudican a otros. Esto no me pasa ajeno ni lejano, pues en mi familia tengo a mi orgullo una familiar directa profesional en la misma área. El asunto se puede resumir en que se pretende que profesionales no microbiólogos vayan a ser autorizados para regentar laboratorios clínicos sólo por tener algunas de las habilidades y tal vez algo de la formación requerida para tales fines, acorde con los cánones legales del Colegio de Microbiólogos.

Me quedé incómodo y no he podido menos que pensar en ello en estos días. Es cierto que atravesamos una coyuntura histórica única, casi sin referencias históricas a las qué acudir para tratar de iluminar el camino hacia una decisión adecuada en donde gane la mayoría (porque va a ser casi imposible que ganen todos) o al menos el daño sea el menor posible.

Estoy espantando al pensar algo tan terrible como lo siguiente: en nuestro país hay sobreproducción de profesionales en Medicina, y eso significa que muchos de ellos no tienen un trabajo o el que tienen no es adecuado con su esfuerzo y preparación, considerando las inversiones de tiempo y económicas que los llevaron a ser lo que son. Entonces pensé, qué pasaría si súbitamente una decisión de un grupo ajeno al gremio decide que estas personas pueden atender también animales como los médicos veterinarios… de por sí, ¡son médicos! Pero imaginando aún más allá, se me ocurrió: ¿y qué tal si los médicos veterinarios fueran los que atendieran personas? ¿Accederíamos a dicho trato, aunque los costos de operación fueran menores y las inversiones de economía menores también? Sinceramente, la verdad, me asusta. Y se me ocurrieron más ejemplos: ¿y por qué no contratar sólo al maestro de obras en lugar de contratar al ingeniero o al arquitecto para construir la casa? ¿O por qué no poner a alguien a enseñar a leer y a escribir sin haberle educado en técnicas y estrategias que incluyan a personas con necesidades diferentes y especiales? Hay muchos ejemplos más, que la verdad no tiene sentido enumerar en este momento.

El tema en discusión es que cada profesión u oficio tiene su campo de acción restringido y limitado por sus habilidades adquiridas, de la mano con sus deberes y derechos legales que le son inherentes. Lamentablemente, muchas veces lo legal es inmoral y lo moral riñe con una legislación complaciente. Por ello, los colegios profesionales se encargan de definir y velar por dichos cumplimientos en forma adecuada y sobre todo correcta.

Cuando alguien decide estudiar un oficio o una profesión, sabe bien las condiciones de mercado a las que se va a enfrentar; modificarlas luego a conveniencia es sencillamente sociopático y hasta delictivo: irrespetuoso de un contrato social, este tipo de acciones atropella derechos y dignidades ajenas y roba la paz, y es en esta falta de respeto egoístamente motivada que se generan las discordias y diferencias sociales que conllevan a innecesarios conflictos y muchas veces va más allá, desde litigios hasta enfrentamientos armados, motivados por un material y financiero egoísmo.

Llego entonces a la conclusión que modificar leyes para complacer a grupos de poder es inconveniente, inadecuado y hasta inmoral, por mucho que sea legal. Tolerar esto es ser cómplices de un decaimiento cada vez mayor y, por tanto, nos privamos solos del derecho de reclamar cuando seamos nosotros los afectados.

Creo que debemos aceptar que los cambios son necesarios, pero dentro de límites racionales, legales, morales y profesionales claros, procurando beneficio colectivo sin generar daño y aceptando también que, hecho de otra forma, viajaremos atrás en la historia como si no hubiéramos aprendido nada de ella, y estaríamos frente a un sistema anárquico y hasta feudal.

Basta con repasar un poco la historia para ver más allá de la fachada de esta decisión y predecir con facilidad lo que pueda venir detrás de este tipo de decisiones.

Respetuosamente insto a que se replanteen los argumentos, a que se respeten las profesiones y sus áreas, pero sobre todo, a que nos respeten como personas pensantes, inteligentes, profesionales orgullosos del oficio y capaces de disentir en un marco de respeto amparados a la razón y al bien común. Caso contrario, seamos bienvenidos a una segunda edad oscura de la razón.

Por: Dr. Álvaro Arturo Avilés